jueves, 14 de noviembre de 2019

ELLA


A pesar de su corta edad no entendía como el mundo podía estar tan equivocado.

El corazón no estaba sujeto en el cuerpo. Ella lo sabía bien, estaba suelto. No tenía la menor duda porque incluso llegó a ver el suyo con sus mismos ojos.

Uno de esos días en los que, como era habitual, latía a la velocidad de Rayo Macuin fue al cuarto de baño. Se sujetó con fuerza al borde del lavabo para ponerse aún más de puntillas y abrió la boca con todas sus fuerzas para mirar dentro.

Y claro que lo vio. Allí estaba él intentando salirse por ambos lados de la campanilla. Un “ventrilocuo”  por cada lado.

Al verlo sintió tanto miedo que cerró rápidamente la boca y no la abrió hasta que los latidos dejaron de tambalear su cuerpo, porque ¿y si se salía?  ¿Y si en uno de esos latidos locomotores no apretaba los labios con la suficiente fuerza y se escapaba por la boca?

Que angustia sentía al pensar en ello.

Y como iba a ella a contarle tan apasionante descubrimiento a los adultos. Una simple niña sin estudios había hecho un descubrimiento vital para la humanidad y no podía compartirlo con nadie, no quería parecer una niña repelente.

Y menos mal que no lo hizo, porque uno de esos días en lo que los niños se ponen malos y las madres les llevan al médico no tuvo más remedio que abrir la boca. Un total desconocido con bata blanca y palito de madera en mano iba a ser el primero en ver su corazón.

-        ¡Amígdalas hipertróficas¡ dijo.

Menudo chasco. Adiós el pasar a la historia como la primera niña científica del mundo.

Pero ella, por si acaso, sigue apretando los labios con fuerza. Y es que una no puede fiarse del primer desconocido que te deja con la boca abierta.


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