A pesar de su corta edad no entendía como el mundo podía
estar tan equivocado.
El corazón no estaba sujeto en el cuerpo. Ella lo sabía
bien, estaba suelto. No tenía la menor duda porque incluso llegó a ver el suyo
con sus mismos ojos.
Uno de esos días en los que, como era habitual, latía a la
velocidad de Rayo Macuin fue al cuarto de baño. Se sujetó con fuerza al borde
del lavabo para ponerse aún más de puntillas y abrió la boca con todas sus
fuerzas para mirar dentro.
Y claro que lo vio. Allí estaba él intentando salirse por
ambos lados de la campanilla. Un “ventrilocuo”
por cada lado.
Al verlo sintió tanto miedo que cerró rápidamente la boca y
no la abrió hasta que los latidos dejaron de tambalear su cuerpo, porque ¿y si
se salía? ¿Y si en uno de esos latidos
locomotores no apretaba los labios con la suficiente fuerza y se escapaba por
la boca?
Que angustia sentía al pensar en ello.
Y como iba a ella a contarle tan apasionante descubrimiento
a los adultos. Una simple niña sin estudios había hecho un descubrimiento vital
para la humanidad y no podía compartirlo con nadie, no quería parecer una niña
repelente.
Y menos mal que no lo hizo, porque uno de esos días en lo
que los niños se ponen malos y las madres les llevan al médico no tuvo más
remedio que abrir la boca. Un total desconocido con bata blanca y palito de
madera en mano iba a ser el primero en ver su corazón.
- ¡Amígdalas hipertróficas¡ dijo.
Menudo chasco. Adiós el pasar a la historia como la primera
niña científica del mundo.
Pero ella, por si acaso, sigue apretando los labios con
fuerza. Y es que una no puede fiarse del primer desconocido que te deja con la
boca abierta.